Relatos


Algunos de los relatos que escribí cuando me dio por ese género vieron la luz en distintas antologías de varios autores. Algunos incluso ganaron premios. Aquí os dejo un extracto de algunos de ellos y los enlaces por si queréis haceros con las antologías ;) Un poco más abajo tenéis algunos relatos inéditos, por si queréis leer algo más largo y completo...



Desvestiándose ((Per)Versiones: cuentos populares).

Mario apartó la mirada de su reflejo y la posó en los ojos burlones que lo observaban también desde el espejo, mientras sostenía el pincel manchado de purpurina entre el íncide y el pulgar. Suspiró, posó la brocha sobre el tarro de sombra de ojos y giró sobre sí mismo sin levantarse del taburete.
Úrsula no disimuló su gesto burlón. Apoyada en el quicio de la puerta del cubículo que Mario llamaba orgullosamente “mi camerino”, cruzó los brazos sobre el pecho y esbozó una sonrisa despectiva.
—Cinco minutos, nena.
—En seguida subo —respondió Mario con cautela, incómodo bajo su escrutinio—. Tengo que acabar de pintarme el ojo.
—Déjatelo así. Igual si sólo llevas uno pintado llamas un poco la atención. —Úrsula resopló con desdén—. La única drag que pasa más desapercibida que un geek en el baile de graduación. Eh, igual debería decirle a Jonás que pusiera eso en los carteles de la entrada… Así a lo mejor atraías un poco de público.
Mario puso los ojos en blanco y se volvió de nuevo hacia el espejo. Cogió el pincel y comenzó a aplicarse purpurina sobre el párpado superior, siguiendo la línea curva que había dibujado cuidadosamente con un lápiz del mismo color marrón oscuro que sus ojos.




Y la niebla cubrirá tu cuerpo como un manto (Sopa de sapos - la antología no está disponible, os dejo el enlace para que leáis el relato completo)

Ven...

La mano de Thiâon, empapada en sudor, resbalaba entre los dedos de Athea. Él apretaba con más fuerza de la verdaderamente necesaria, intentando no soltarla, no romper el contacto. Ella podía notar el miedo que hacía temblar la mano de él dentro de la suya, que pasaba de la piel de Thiâon a la de Athea como una ráfaga de aire caliente y vibrante.


Ven, oh, sí, ven... Incapaz de resistirse a la dulzura de la voz que susurraba en su oído, Athea tironeó de la mano de Thiâon y siguió andando, ignorando las ramas que se enredaban en su pelo, los arañazos que, en su rostro, se le antojaban las caricias de los árboles que flanqueaban su camino y la honraban, inclinándose ante ella, alargando los dedos para tocar sus brazos, sus mejillas, toda la longitud de su cuerpo. Ve, sí, ve... Los matorrales se postraban a sus pies, luchando por tener la posibilidad de rozar sus tobillos, de besar la piel que las tiras de las sandalias dejaban al descubierto.




Te daría mi alma (No tocar).

Se estiró perezosamente, procurando no volver a cerrar los ojos, y dejó que sus brazos y piernas se extendiesen hasta ocupar toda la cama de matrimonio que generalmente sólo ocupaba él. Sus articulaciones crujieron agradablemente al mismo tiempo que su boca emitía un sonoro bostezo.
Algo rodó desde su almohada y cayó sobre su mano izquierda. Frunció el ceño y cerró los dedos alrededor de un objeto duro y frío que sus yemas no reconocieron.
—¿Qué coño es esto? —dijo, girando trabajosamente la cabeza para mirarlo. Enarcó una ceja, sorprendido, cuando vio el pequeño reloj de arena que relucía bajo la luz del sol.
Se incorporó sobre un codo y se acercó el reloj a la cara. Era pequeño, cabía perfectamente en la palma de su mano; las dos ampollas de cristal estaban montadas sobre lo que parecía encaje, en realidad una filigrana de plata oscurecida que combinaba volutas y diseños geométricos en una amalgama que resultaba curiosamente hermosa. En el interior del cristal, la arena blanca y finísima caía lentamente hasta formar una pequeña duna en la parte inferior.
—¿De dónde ha salido esto? —musitó, agitándolo con gesto ausente. Cerró la mano alrededor del objeto y soltó una exclamación ahogada cuando una de sus afiladas aristas se clavó en su palma; cuando abrió la mano, una gota de sangre se escurrió desde la herida hasta su muñeca.




El enemigo (Monstruos de la Razón II).

Jano se tapó los oídos con las manos.
—¡Cállate! ¡Cállate! —aulló, cerrando los párpados con fuerza.
Silencio.
Abrió los ojos con precaución. Los últimos rayos del sol moribundo caían sobre su cuerpo tendido en el suelo, como un reguero de sangre brotando desde la ventana abierta, dejando el resto de la habitación en sombras. Agazapada en un rincón, mirándolo con los ojos muy abiertos, estaba ella. Se incorporó lentamente sin apartar la mirada de la figura acurrucada, como el cazador que clava los ojos en su presa para no mostrarle signos de debilidad. Pero era Jano quien se sentía débil, tan débil…
—Donna —murmuró, poniéndose en pie y extendiendo una mano hacia ella—. Donna…
Ella vaciló antes de alargar el brazo para tomar su mano. El desconcierto y el miedo se mezclaban en su mirada de aguamarina, convirtiendo sus ojos en dos mares que reflejaban la tormenta que rugía en su interior. O tal vez eran el reflejo de la tormenta que aullaba dentro de Jano. Los dedos de Donna apretaron los suyos. Ella se levantó, apoyando todo su peso en el brazo de Jano, y se atrevió a sonreír.
—Has vuelto a vencer —susurró. Él negó con la cabeza, sombrío.
—No he vencido nunca.




Antes muerta que sin Sila ((Per)Versiones: Historia)

—No blasfeméis, o la ira de los dioses caerá sobre nosotros en forma de rayo serpenteante… —dijo una voz tenebrosa. Lubbo se volvió rápidamente, y soltó un suspiro de alivio, seguido de un gruñido de impaciencia, al ver la figura que se cernía sobre el círculo improvisado de hombres.
—Coño, Istolacio, qué susto —murmuró, torciendo de nuevo la cabeza pero sin dejar de mirar de reojo al anciano cubierto con una piel de carnero con cuernos y todo.
—Hombreeee, el druidita quiere echarse una partida, ¿eh? Ya iba siendo hora de que bajaras del nemeton, tío. Que vas a acabar gilipollas de tanto hablar solo.
—No habla solo, imbécil, habla con los dioses…
—Ya, sí. Y con mi tía Albura los Beltaine por la tarde.
—Los druidas no juegan a las runas —negó Buntalos, agitando las fichas en las manos para lanzarlas de nuevo sobre el suelo, donde repiquetearon ruidosamente.
—Porque son unos roñosos, por eso.
—Eh, que me ha dicho Apana que Istolacio se baña todos los días…
—Dile al sacerdote de los cojones que se aparte, que nos quita la luz.
—Oye, pues la Messa está bien rica. El otro día vi a tu chico hacerle ojitos…
—¡Dejad de hablar de mi hija, enfermos!
—¡Es una jigel, hostias, de toda la puta vida de Lug!
—¡Y si mi tía Albura tuviera ruedas, sería una carretilla!




El ángulo de las tijeras (200 baldosas al infierno)

—Ahí es donde van a encontrar mi cuerpo —explicó, impaciente, haciendo un gesto hacia el suelo cubierto con una gruesa alfombra—. Ahí, justo al lado del sofá. Tumbado boca arriba y con unas tijeras sobresaliéndome del ojo derecho. El izquierdo lo tengo de cristal desde hace dos años —confesó, casi avergonzado. Judit lo miró con expresión neutra y no dijo nada. Gabriel soltó un gruñido exasperado—. ¡Unas tijeras en el ojo! Es lo bastante asqueroso como para que a nadie se le ocurra preguntarse si ha sido o no un asesinato, ¿no? ¿Quién iba a suicidarse así? —bufó. La expresión de Judit no cambió.
—Ya me lo explicaste anoche —se avino a contestar al fin en tono pausado—. Tijeras. Ojo. Ojo de cristal. Me dijiste incluso el ángulo que harán las tijeras al clavarse para atravesarte el cerebro a la primera y que ni siquiera llegues a enterarte. Y el tamaño del charco que formará tu sangre. Lo sé todo, Gabriel —añadió, permitiéndose el lujo de esbozar una sonrisa amarga—. Lo que no sé es por qué no lo haces tú mismo. En nuestro caso, el alumno nunca ha llegado a superar al maestro —concedió con un amago de reverencia.
—Si me suicido, a la mierda el seguro —resopló Gabriel—. Y yo no he pasado décadas pagando religiosamente a esos cabrones para que ahora se lo queden todo. Quiero dejarle algo a mi hijo. Sí, quiero que lo tenga todo.
Judit lo miró, dubitativa.
—Pero si no te habla desde hace veinte años… —tuvo que decir, incapaz de contenerse. Gabriel se encogió de hombros.
—Los del seguro tampoco. Puestos a dejarle mis bienes a alguien que me ignora, prefiero que sea a Rafael, que no es un hijo de puta ni se le salen los euros por todos los orificios. Bueno —añadió—, ¿vas a matarme, o tengo que provocarte antes?
Judit no pudo evitar reír al ver cómo el rostro de Gabriel se arrugaba en una mueca que, años atrás, habría resultado atractiva.
—El cliente manda —respondió, estirándose los guantes de látex en las muñecas y en los espacios interdigitales antes de meter la mano en el bolsillo de la gabardina y sacar unas tijeras.




Cera negra (Para mí tu carne).

Gritó.
De angustia, de odio, de dolor. Y, al tiempo que gritaba, dio un fuerte tirón que arrancó limpiamente la cabeza del cuerpo del hombrecillo, ahogando su propio chillido de terror.
La sangre cálida salpicó su rostro y sus brazos. No lo notó. Sólo sus ojos percibieron las gotas que se escurrían lentamente hasta su codo, que caían después sobre la tierra reseca y negruzca. Sangre. Gotas como cera caliente derritiéndose en una vela negra.
Soltó la cabeza, que cayó a sus pies con un golpe sordo. Después, sus dedos se desasieron de la sucia camisa del hombre. También el cuerpo cayó al suelo, y quedó tumbado junto al cadáver de uno de los jóvenes, que todavía lo miraba con ojos acusadores desde las profundidades de su capucha negra.
Su mirada se clavó en la verja de hierro, en el desierto paseo que se extendía tras ella. Los árboles de hoja perenne, su intenso color verde, el cielo que pasaba rápidamente del negro al violáceo; anaranjado, el rojo intenso de la sangre, azul. Color. Entrecerró los ojos.
Cuando ya no estén vivos, cuando no quede nadie vivo, serás libre...
Echó a andar hacia la verja. El suave cántico sonaba a lo lejos, tan lejos que parecía provenir de otro mundo.




En la oscuridad (Visiones 2009).

Tendida en el camastro que apenas separaba su cuerpo del frío suelo de piedra, Nee lloró en silencio. Siempre en silencio. No hables. A su lado, Teir permanecía tan silencioso que Nee supo que tampoco dormía. Los demás discípulos respiraban con fuerza, algunos roncaban, otros se agitaban en sueños. Teir no. Teir, como Nee, estaba envuelto en una bruma de silencio.
Alargó una mano lentamente, luchando por no gemir de dolor. Una de las profundas heridas que hendían la piel de su antebrazo se abrió; la sangre goteó hasta el codo, cálida en el frío de la noche. Nee tanteó en la oscuridad hasta que halló la mano crispada de Teir, apoyada sobre su pecho, y acarició suavemente el dorso con la yema de los dedos.

Había sido capaz de distinguir la sombra oculta entre las sombras. Había visto su forma, la había descrito ante la mirada estupefacta de la anciana, había sido capaz incluso de sentir cómo la sombra se arrastraba hacia ellos lentamente, aferrándose al suelo con garras hechas de oscuridad, observándolas con ojos inyectados en sangre negra, la saliva incorpórea chorreando entre sus afilados colmillos moldeados por las tinieblas que daban forma a su cuerpo intangible.
—Pocos pueden verlas —dijo la mujer que apareció en el pequeño pueblo días después, convocada por la llamada alarmada de la anciana—. Pero son menos los que pueden sentirlas. Eres una Cazadora de Sombras, niña.




Cantar de Mio Zid ((Per)Versiones: Monstruos de la Literatura)

Cuando se le pasó el susto — a Jimena, su señora,
a Ruy Díaz fue a buscar — a decirle con congoja:
«Creía yo que a los muertos — comer gustaba a deshora
de los vivos los cerebros — las tripas y hasta la gola».
Mio Cid esbozó entonces — su sonrisa encantadora
y sujetando su cara — posó la boca en su boca.
«Mucho he echado de menos — en la tumba tu memoria.
No es tu seso lo que quiero — comer precisamente ahora».
Y en esto diciendo el Cid — la tumbó sobre la alfombra
sus piernas abrió presuroso — y enterró el rostro en su concha.
Cuando sintió su caricia — se retorció, temblorosa,
y conteniendo un gemido — Jimena habló soñadora:
«Oh, mi Cid, señor Ruy Díaz — la lengua que me devora
sigue siendo esa leyenda — que mi memoria atesora.
Mas si tú me has extrañado — (Oh, por Dios, cómo me explora,
¿serán ciertos mis recuerdos?) — más lo hice yo, dormí sola.
(¿Será este fiero guerrero — capaz de luchar cinco horas?)
¡Vive Dios, no te detengas! — ¡Envaina tu espada ahora!»




Sólo mío (Antoloxía de contos fantásticos - Tampoco está disponible excepto en Galicia, podéis leerlo entero si queréis en el enlace)

Ella fue la primera.
Y, sin una palabra más, sin siquiera despedirse de mí, me dejó aquella helada mañana de enero. Recuerdo haber sentido dolor, confusión, miedo, frío, mientras el viento jugaba conmigo y se burlaba de mi soledad con cada ráfaga que lanzaba sobre mí. Recuerdo la sensación de abandono. Y recuerdo su última mirada llena de tristeza y, al mismo tiempo, inundada por el brillo de una alegría que, no obstante, no llegaba a suavizar el pinchazo agudo del dolor de saber que me estaba mirando por última vez. Como el sol que asomaba entre los altísimos edificios del centro de la ciudad, pálido y reluciente, no alcanzaba a caldear el gélido ambiente de la mañana, tampoco el fulgor de esa extraña alegría conseguía ocultar la pena que sentía al separarse de mí.
Y, sin embargo, se marchó.
Antes de ella no había habido nadie, no había habido nada. ¿Cuánto tiempo habíamos estado juntos? Todo me resultaba confuso, pero creía recordar que fueron varios años. Podía estar meses sin verla, pero ella siempre volvía a mí, tarde o temprano. Y yo la esperaba pacientemente, sabiendo que acabaría por regresar, que acabaría por volver a necesitarme.
Que me quería, ni siquiera lo dudé aquella mañana. Sigue queriéndome. Pero me dejó.




El corazón de Will (Ilusionaria 2).

Todo el mundo decía que Will no tenía corazón.
Lo decían cuando pensaban que no podía escucharlos. Pero Will los oía igual. No creían que Will fuera malo, ni travieso, ni desobediente: sólo que no tenía corazón.
Vivía en una ciudad pequeñita, de casitas de piedra, calles estrechas y árboles grandes. Allí todos se conocían. Allí todos se llevaban bien. Allí todos decían que Will no tenía corazón.
—Sí que tengo corazón —decía Will, enfadado. Mamá respondía que claro que tenía. Pero Will sabía que ella también pensaba que no tenía corazón.
Un día, Will se puso la mano en el pecho y no sintió nada.
—No tengo corazón —lloró, asustado. ¿Cómo era posible? En el cole le habían enseñado que necesitaban el corazón. Pero él no tenía.





Seth Heh Ra Neit Montu ((Per)Versiones: Misterios sin resolver)

Luchando contra el impulso de soltarle cuatro frescas a su idolatrada princesa, Imhotep-dah-berjuen-za permaneció todo lo inmóvil que fue capaz, abriendo y cerrando los puños, de pie entre las dos estatuas doradas de dos parientes de la moza a los que no conocía. O quizá sí los conocía, a saber: con el arte que tenían los escultores de la zona, las horrendas efigies podían representar a los deudos de Amen-Ra o a una parejita de pastores del extrarradio de Tebas. Las caras rígidas y pintarrajeadas de los dos individuos eran exactamente iguales, pese a que el sacerdote sabía de sobra que jamás había habido gemelos en la dinastía a la que pertenecía la chiquilla malcriada que se paseaba ante sus ojos. Y, si los había habido, los compañeros de profesión de Imhotep-dah-berjuen-za se habían encargado de hacer desaparecer con disimulo a uno de los miembros de la parejita. Los gemelos no daban más que problemas. Y si eran tan feos como aquellas estatuas, más. No tendrían bastante con verle la cara a uno durante todo el tiempo que se le ocurriera vivir, como para encima vérsela repetida. Válgame Sobek, qué ganas de complicarse la vida, con lo fácil que era decirle a la agotada mamá que uno había nacido muerto y Santas Lamentaciones de Isis Benditas Amén. O Amón, lo que viniera antes.




RELATOS INÉDITOS


El relato es un género que me costó aprender a apreciar. Al revés que muchos escritores, empecé escribiendo novela y después, cuando ya había escrito unas cuantas, me dejé convencer para escribir relatos. El caso es que al principio andaba bastante perdida, pero después le cogí el gusto a eso de contar una historia en pocas páginas: requiere un estilo muy diferente, una forma de decir las cosas mucho más directa, una forma de dejar elípticas otras, o de dejarlas explicadas solamente a medias, que acabó por gustarme mucho. Seguiré prefiriendo la novela, porque me gusta desarrollar las historias que escribo, pero el relato tiene su encanto, y ya no puedo negárselo.


FANTASÍA

La fantasía fue el género que me llevó a empezar a escribir, y es el género que más he practicado. En muchas de sus vertientes, y desde muchos puntos de vista, y tratando de darle vueltas y más vueltas hasta descubrir cuál es el subgénero fantástico que más me gusta. He escrito relatos y novelas vampíricas, he escrito fantasía clásica y fantasía adulta y fantasía juvenil y fantasía épica, introspectiva, lírica, mágica, política. Y cada día descubro más subgéneros, e incluso he practicado algunos que no existen como tales y que han salido a base de esquejes de otros subgéneros. Entre los siguientes relatos hay un poco de todo: lo que no, lo encontraréis, probablemente, en las novelas. Espero que os gusten :)




Divinidad


Debajo de mi cama


Entre libros


Azrael


Gesta


Por quien suspiran las olas


Profecías




COMEDIA

Todo autor necesita darse un respiro. Algunos lo hacen dejando de escribir un tiempo, otros lo hacemos cambiando de género bruscamente o escribiendo algo “relajado”. Yo uso la comedia para eso: cuando me siento abrumada por haberme dejado “poseer” por una historia demasiado intensa, cambio de registro y hago comedia. Eso no significa que sea más fácil: al revés, la comedia es uno de los géneros más difíciles de la literatura, igual que lo es del cine, del teatro, de cualquier tipo de arte. Pero me relaja, aunque algunas veces no consiga de mí y de los lectores más que una débil sonrisa.

La comedia la he practicado sobre todo en novelas, pero también he escrito algunos relatos que pueden considerarse cómicos. O, al menos, no son dramáticos. Os dejo algunos a ver si logro que al menos, durante un minuto, esbocéis una sonrisa :)


Oh, héroe


Corazón salvaje


En el aire en cinco, cuatro...


Una tacita de arroz



FOSCO

El concurso Calabazas en el Trastero me descubrió un género que no había practicado nunca, y que de hecho tuve que preguntar para comprender exactamente en qué consistía: el género fosco, el género de lo desagradable. Gracias a las Calabazas no sólo he podido leer verdaderas obras de arte en un género que jamás había pensado leer, sino que me animé a escribir mis propias incursiones en el mismo. Es un género que, si bien había tocado —sin saberlo— de forma tangencial en algunas escenas de mis novelas, nunca me había planteado para un relato completo; sin embargo, y siempre gracias a ese concurso, escribí y descubrí cómo se puede utilizar para crear tensión, para crear desasosiego, para crear desazón, incluso terror, y, por supuesto, repugnancia. Toda esa experiencia me sirvió —y espero que siga sirviéndome— para replantear algunas escenas de mis novelas, y por eso guardo mucho cariño por mis primeros experimentos y por la web y el concurso que me obligaron a escribirlos. La mayoría están en alguna u otra antología de relatos, de modo que sólo os dejo uno, porque los demás tienen los derechos comprometidos ;)

Anhira

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